viernes, 1 de junio de 2007

Un metáfora del tiempo: Igor Mitoraj en Barcelona

Cuando llegue el mes de agosto ya habrán pasado tres años desde que fui a Roma. No quiero hablar ahora de la visita que hice a la que a mí me parece, al menos desde el punto de vista de lo histórico, la capital de Occidente (sí, sí, ya sé muchos dirán que ha habido otras ciudades que han influido, y no con poca importancia, en el devenir de la historia lo mismo que en el modelo de sociedad occidental en el que vivimos en la actualidad pero, en mi opinión, hoy somos más romanos de Roma que, pongamos, romanos de Bizancio; o que, incluso, griegos de Atenas). Además, creo que aunque quisiera hablar de la visita que hice a Roma, tampoco podría. Pues al visitarla, al pasear por sus calles, te crece una emoción que viene de lo inexplicable y a la que es dificilísimo poner palabras. Una emoción que viene, digamos que de golpe y en desorden, del recuerdo de todo lo que has leído, de todo lo que has visto y oído, de todo lo que crees que un día fue y ya no es en la ciudad. Hay en Roma algo que tiene que ver con el paso del tiempo y con las edades de la humanidad, y hasta con el Hombre mismo, que emociona y oprime el pecho casi hasta el ahogo. El comprender que por aquellas calles pasearon los escritores y los poetas y los césares y los emperadores que un día, en lo antiguo, definieron lo que hoy conocemos como el mundo occidental y, al mismo tiempo, comprender que de todo aquello no quedan más que piedras gastadas y una especie de memoria popular borrosa, hace que te crezca una angustia muy extraña, muy filosófica, muy, supongo, al estilo de lo que le ocurre a Stendhal cuando visita Florencia. Yo creo que con Roma pasa algo parecido a lo que pasa con Venecia: son ciudades que abstraen del mundo a quien las visita. Que alejan del mundo a quienes son sus espectadores. Como si el mundo en sí mismo, con todos sus problemas, con todas sus pequeñeces y sus mezquindades, dejara, ante su presencia, de ser importante. Sí, sí, sí, opino que Roma y Venecia actúan sobre aquellos que las contemplan como una de aquellas drogas herbáceas que tomaban los indios sudamericanos: alejándote del mundo en el que habita lo real y sumergiéndote en el mundo en el que habita lo fantástico. Roma y Venecia son ciudades droga, pues las dos alejan del mundo. Aunque cada una lo hace de un modo diferente. Pues en Venecia ahoga lo estético, lo bello, lo delicado; mientras que en Roma, en cambio, lo que ahoga es lo poderoso, lo colosal, lo que parece necesariamente eterno. Son, en definitiva, la felicidad.

Pero me estoy perdiendo pues, tal y como decía al principio, ahora no quiero hablar de Roma. No. De lo que quiero hablar es de una exposición que se exhibía entre las ruinas del foro romano cuando estuve por allí hace ya, como decía antes, casi tres años y que ahora se exhibe en la Rambla de Barcelona. Me refiero a la exposición itinerante de Igor Mitoraj: El mito perdido.

He de confesar que, en Roma, Igor Mitoraj me engañó. Me engañó porque el escultor polaco -del que, por cierto, es difícil saber la edad y el lugar de nacimiento- integró, y hasta podría decirse que disimuló, sus descomunales estatuas entre las ruinas del foro y del antiguo mercado romano, y me hizo creer que eran estatuas de la Roma antigua de verdad. O, al menos, sembró en mí la semilla de la duda. Ah, pero he de confesar, otra vez, que fue un engaño dulce. Pues creer, o dudarlo al menos, que las estatuas de Mitoraj eran verdaderamente estatuas esculpidas en la Roma antigua, la de los césares y los augustos, era como entrar de lleno en una historia lateral a los libros de texto y que reposaba en la ficción más fantástica. Pues imaginad una Roma en la que se hubieran esculpido unos seres alados como los que esculpe Mitoraj; unos seres que, más que ángeles de Dios (¿ángeles representados en la antigua Roma?), parecen ángeles expulsados del reino de los cielos. ¿Qué papel hubieran interpretado unos seres alados como los que Mitoraj propone, en una cultura en la que las deidades bebían de lo prosaico y hasta de lo mundano? Yo no lo se, pero si hubieran sido esculpidos en la antigua Roma entonces, quizás, podríamos hablar de una cultura más alejada de los prosaico y, entonces, más cercana a lo que fue el antiguo Egipto, la antigua Grecia o, pongamos por caso, las antiguas civilizaciones mesopotámicas.

Pues, sí, sí, yo creí en todo esto de lo que hablo. Caí en el engaño y creí que en la antigua Roma se esculpieron estatuas aladas como las que esculpe Mitoraj. Imaginaos que felicidad más absoluta creció en mí: en el mundo, al fin, asomaba lo fantástico. Pero aún así he de decir que, aunque me sentí alucinado cuando las vi en Roma, a mí me parece que las estatuas de Mitoraj cobran más fuerza, más poder visual, en Barcelona. Sí, sí, yo tengo para mí que estas estatuas impactan más al espectador, entre los que me incluyo, que las ve en Barcelona que el que las vio en Roma. Pues en Roma, aunque las estatuas dotaran a lo antiguo de unas cualidades fantásticas, y por lo tanto estéticas, de las que carece la antigüedad real, las ruinas antiguas que las rodeaban diluían un discurso que en Barcelona pregonan sin que nada las pueda hacer callar. Allí, además de las posibilidades fantásticas de las que antes hablaba, las estatuas hablaban de lo viejo, y del paso del tiempo, y de la aniquilación de lo que un día se creyó eterno. Pero todo esto lo hablaban entre unas ruinas, las romanas, que por sí mismas ya hablan de estos mismos temas. Entonces, en Roma solo despuntaba lo fantástico mientras que el tema del paso del tiempo quedaba un tanto oscurecido, un tanto opaco. Pero aquí, en Barcelona, todo es diferente. Pues aquí las estatuas hablan de lo mismo de lo que hablaban en Roma, pero ahora rodeadas de lo nuevo; o, al menos, de una estética que, a diferencia de la que en Roma rodeaba a las estatuas, es totalmente ajena a la estética en la que están concebidas. Digamos que en Roma pasaban más desapercibidas entre tanto mármol, tanta grieta, tanto limo y tantos “oh” y “ah” por lo gastado por el tiempo; mientras que en Barcelona su discurso estremece mucho más al contrastarse contra un entorno mucho más nuevo. Un entorno que no las diluye sino que, al contrario, las subraya y la enfatiza. En Barcelona, entonces, las estatuas ofrecen un discurso que en Roma no ofrecían. En Barcelona dicen: “aunque todo lo que nos rodea es muy bonito y muy nuevo, llegará el día en el que todo estará como lo estamos nosotras ahora: gastado y viejo”.

Cuando pasas por delante de las estatuas de Mitoraj tienes que dejar de andar y admirarlas. Pues hablan de temas que son muy íntimos a la condición del hombre. Al menos del hombre occidental, preocupado por el paso del tiempo, por la corrupción del cuerpo y de la memoria, por la muerte. El colosalismo de estas estatuas nos enfrenta fatalmente a un discurso descorazonador. Un discurso que afirma que hasta lo inmenso, lo grandioso, lo que parece imbatible por la grieta y el olvido, sucumbe ante el paso del tiempo. Un discurso que dice: el paso del tiempo acaba con todos y con todo. A mí me da que el colosalismo, tanto el de la antigua Roma (pensemos en el pie descomunal de la estatua de Constantino que hay expuesto en los museos capitolinos de Roma), como el del antiguo Egipto (pensemos lo mismo en los cuatro colosos que vigilan, ciegos, las puertas del templo de Abu Simbel), o como el de estas estatuas de Mitoraj, hace crecer la melancolía en el corazón del espectador al hacerle consciente de que un día, en el futuro, habrá gente que quizás evocará su tiempo, ya muerto, con admiración y con respeto. De la misma manera que él mismo lo hace con su pasado.


Al escribir acerca de estas estatuas y de lo que para mí significan, me he acordado del final de una película icono, dirigida por Franklin J. Schaffner en 1968. Me refiero al final de Planet of the Apes. Seguro que os acordáis del momento en el que Taylor (Charlton Heston) descubre, caída de su pedestal y medio enterrada en la arena de la playa, lo que en su tiempo fue uno de los símbolos de la civilización occidental y de la democracia: la Estatua de la Libertad. Qué momento, qué momento. Pues en ese momento Taylor se da cuenta, lo mismo que todos nosotros, de que el tiempo lo devora todo. De que el tiempo acaba doblando todo lo que, un día, creímos eterno.


En el Necronomicón, el odioso libro escrito por el árabe loco Abdul Alhazred, aparece el siguiente verso:

That is not dead which can eternal lie,
And with strange aeons even death may die.

Con el paso del tiempo, incluso la muerte puede morir. Terrible, ¿no?


Figura 1: Tindaro screpolato (2000).
Figura 2 (izquierda): Ikaro alato (2000).
Figura 3 (derecha): Ikaria (1996).
Figura 4: Fotograma de Planet of the Apes.

1 comentario:

elmontañero dijo...

cuanta verdad tienes y en tan pocas palabras: "Con el paso del tiempo, incluso la muerte puede morir"