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jueves, 12 de julio de 2007

Michael Nyman y Wonderland


A propósito del concierto de Michael Nyman al que iré el próximo lunes 16 de julio, he vuelto a escuchar la banda sonora que él mismo compuso en 1999 para una película de Michael Winterbottom titulada Wonderland. Más aun que la película, esta banda sonora es la tristeza.

sábado, 7 de julio de 2007

Superman y los otros III: Sansón, Aquiles y Sigfrido

La película Unbreakable (traducida al español como El protegido), dirigida por Night Shyamalan y estrenada en el 2000, postula la teoría de que aquello que atañe a lo profundo y a lo simbólico en el hombre no ha cambiado desde las viejas edades. En el principio los poetas de los tiempos antiguos crearon mitos con los que simbolizaron la lucha más profunda y más primaria: la lucha entre Bien y el Mal. Hoy esa contienda continúa. Y lo mismo que los poetas de los tiempos antiguos, hoy los poetas de los tiempos nuevos continúan simbolizándola. Porque en lo hondo, en lo más primordial, el corazón del hombre continúa siendo el mismo.

¿Qué hay en un héroe que lo hace cercano a los hombres? ¿Qué hay en él que lo convierte en un referente al que imitar? A los dioses se les adora, se les teme, se les honra mediante el sacrificio para que la sonrisa que dirigen hacia nosotros no se torne en ira y plagas. Pero la grandeza fría e irascible de los dioses los aleja del corazón del hombre, y tornándolos pálidos y borrosos a su visión. El hombre no es capaz de amar lo lejano: ama a quien puede tocar y a quien es como él; y ama, también, a quien puede considerar como un referente al que intentar imitar. Un dios, por lejano y por inimitable, no podrá ser nunca amado. Lo mismo que tampoco podrá ser el referente de ningún hombre. Pero, ¿qué pasa con los héroes?

Si Superman no se acabara ante la presencia de kriptonita, entonces sería indestructible. Dejaría de ser vulnerable y eso le convertiría en un dios. Y al hacerlo, se alejaría de nosotros: los niños no se disfrazarían como él, las mujeres no caerían rendidas de amor a sus pies. Pues, ¿qué niño quiere disfrazarse como Zeus? O ¿qué mujer querría tener como amante a Poseidón? O ¿quién, en definitiva, quiere ser, o tener al lado, como amante, a un dios? Pero no es un dios: Superman es vulnerable. Entonces, ¿es esta vulnerabilidad la cualidad que ha de poseer un héroe para acercarse a los hombres?

En el libro de los Jueces, del Antiguo Testamento, se habla de la historia de Sansón. Nacido en Zora durante el siglo XI a.C., un ángel se le apareció a su madre, la estéril mujer de Manoa, de la tribu de Dan, estando embarazada y le proclamó que no debía beber bebidas alcohólicas ni comer comidas impuras pues de su seno nacería el que había de liberar a los israelitas de los opresores filisteos. Sansón, después de nacer, se consagró enteramente a Dios. Y como símbolo y recuerdo de esa consagración, que le haría invulnerable y, por lo tanto, el salvador del pueblo de Israel, había de renunciar a cortarse el pelo. Pero andó el tiempo y resultó que Sansón se enamoró de Dalila y que esta, a cambio de plata filistea, vendió a su enamorado desvelando el secreto de su fuerza. Así, sus enemigos le cortaron el pelo, por lo que Dios entendió que se había roto el pacto y entonces le borró la fuerza. Los filisteos, no le mataron pero le vaciaron las cuencas de los ojos y le hicieron esclavo y moledor de grano. Sansón, héroe, fue vulnerable.

En La Aquileida, poema escrito por Estacio en el siglo I e inspirado por las antiguas leyendas griegas en torno al heroico Aquiles, se dice que Tetis, su madre ninfa, le bañó en el río Estigia, que delimitaba la frontera del mundo de los vivos con el mundo de los muertos, para hacerle inmortal. Pero ocurrió que Tetis olvidó sumergir en el río el talón por el que sujetaba a su hijo cuando hacía lo propio con el resto del cuerpo. Por ese lugar Aquiles recibió a la muerte. Aquiles, héroe, fue vulnerable.

El Cantar de los Nibelungos, basada en una obra anterior titulada La Saga Volsunga o Saga de los Volsungos, es un poema medieval anónimo escrito en el siglo XIII que narra las gestas de Sigfrido (llamado Sigurd en La Saga Volsunga). Sigfrido, después de matar al custodio del tesoro de los Nibelungos, el horroroso dragón Fafner, se bañó con su sangre pues era fama que eso podía convertir en invulnerable a quien lo hiciera. Pero la mala fortuna hizo que mientras se bañaba una hoja de tilo se le pegara en la espalda a la altura del corazón. Y que, por lo tanto, ese lugar no fuera bañado por la sangre del dragón. Por ese lugar Sansón recibió a la muerte. Sigfrido, héroe, fue vulnerable.

Sansón, Aquiles, Sigfrido, Supermán… y hasta, en cierto modo, Jesucristo. Fueron héroes en el tiempo de los hombres antiguos, y lo son todavía en nuestro tiempo. Todos ellos tienen un denominador común: su vulnerabilidad a las artimañas del enemigo y de lo malo. Y es por esta vulnerabilidad que todos ellos son modelos a los que mirar. Por su valentía, por su hombría, por su honradez, por su energía. Por mirar de frente al horror. Por ser, en definitiva, lo que todos quisiéramos ser.

¿Os acordáis cuando en Unbreakable Joseph Dunn (Spencer Treat Clark), el hijo de David Dunn (Bruce Willis), mira alucinadísimo a su padre cuando este empieza a añadir pesos y más pesos en la barra de halterofilia con la que se entrena para demostrar a su hijo y a él mismo que su fuerza es colosal y que realmente es un superhéroe? A mí me da que en ese momento lo que el niño piensa, vencido por la admiración, la reverencia y el amor de hijo, debe ser algo parecido a: mi padre, al que el tiempo envejece y que un día morirá, es un superhéroe; yo quiero ser como él. ¿No?

viernes, 6 de julio de 2007

Todos somos Truman

Ya no somos los títeres de Dios.

Ayer por la mañana, cuando iba hacia el trabajo, me acordé de una película que, aunque se estrenó en 1998, vi hace cinco o seis años: The Truman Show. Dirigida por Peter Weir (el director de Gallipoli (1981), Witness (1985), Dead Poets Society (1989) y Master and Comander: The Far Side of the World (2003), entre otras películas), narra la vida aparente de un feliz, Truman Burbank, en una comunidad aséptica y poco menos que idílica, en la que nunca pasa nada. Pero resulta que la vida que vive Truman no es de verdad, y que esa presunta felicidad -de mujer e hijos siempre sonrientes y felices, y de cielos siempre de un azul impecable- es una felicidad falsa. Porque en el mundo de Truman lo único que es de verdad es él mismo. Todo lo demás es mentira.

Y cuando en Truman crece la sospecha de que quizás en su mundo no todo es idilio, y de que quizás en él cabe la mentira; cuando Truman empieza a ver sus hilos de marioneta, es entonces cuando aparece una voz omnipresente que, desde los cielos, desde cualquier rincón de su mundo, desde arriba, le habla. Para Truman esa voz es la voz de Dios. De la misma manera que, para nosotros, lo fue la voz de quien habló a Abraham dictándole lo que había de ser ley para el Hombre. Esa voz que habla a Truman tranquila y profunda, le busca respuestas. Pero la sospecha ha calado hondo en su alma y las respuestas que esa voz da a las preguntas que le plantea ya no valen. La sospecha de que también esa voz representa la de un dios de falso, hueco, obsoleto y mudo a sus preguntas. Truman fue feliz viviendo en el país de la ignorancia. Pero, al haber conocido, ya no puede serlo.

¿Es Truman Burbank el resumen metafórico del Adán y la Eva de La Bíblia? Fijaos en lo que nos cuenta el Génesis 3, 23-24 (en la traducción que encargó el rey James, I de Inglaterra y VI de Escocia, y que fue publicada por primera vez en 1611: The King James Version):

“23. Therefore the Lord God sent him forth from the garden of Eden, to till the ground from whence he was taken.
24. So he drove out the man; and he placed at the east of the garden of Eden Cherubins, and a flaming sword which turned every way, to keep the way of the tree of life.”

(Que en su traducción española dice: “23. Entonces expulsó al hombre del jardín de Edén, para que trabajara la tierra de la que había sido sacado. 24. Y después de expulsar al hombre, puso al oriente del jardín de Edén a los querubines y la llama de la espada zigzagueante, para custodiar el acceso al árbol de la vida.”)

A todos nosotros, creo, nos pasa como a Truman. Desamparados y sin una voz que guíe nuestros pasos por esta vida, damos tumbos. Ojala no hubiéramos visto nunca los hilos que movían nuestro destino. Porque al verlos los cortamos pensando: por fin seremos libres. Qué error, qué error. Ojala continuáramos como en lo antiguo siendo igual que títeres; siendo igual de ignorantes y crédulos que los hombres marioneta del pasado. Ojala retomara Dios los hilos que un día nosotros mismos cortamos, y olvidáramos que los ha retomado, y fuéramos capaces de, sumergidos en este olvido, continuar confiando en él. Porque entonces, quizás, seríamos felices.


Figura 1: fotograma de la película The Truman Show (1998), de Peter Weir.

sábado, 16 de junio de 2007

Vincent Price vs. Peter Cushing

Ah, Roger Corman. ¡Qué grande, qué grande! Las películas de Corman sí que eran películas que de verdad reambientaban en la pantalla del cine los cuentos de Poe en los que se inspiraban, ¿no? ¿Y Vincent Price? ¿Qué me decís de los papeles que interpretaba Vicent Price en aquellas películas? ¿Os acordáis de su acento educado en exceso y de la sonrisa afectada que dibujaban sus labios mientras su mirada perdida delataba el horror que se paseaba por sus pensamientos? Corman no podía haber escogido a nadie mejor que él para interpretar al bizarro Roderick Usher. ¿Os acordáis de la bata roja que Vincent Price viste, como Roderick Usher, en The fall of the House of Usher? Manierismo visual a tope. ¡Qué colores, qué colores! Como los colores que aparecen en las películas de la productora Hammer, pero mejorados.

Por cierto, y ya que hablo de las películas de la productora Hammer, mirad lo que os digo: las mejores películas de la Hammer son las películas en las que aparecen Peter Cushing y Christopher Lee. Peter Cushing es un actor mito. Como también lo es, por supuesto, Vincent Price. Pero para la mayoría de espectadores quizás Peter Cushing sea un mito mayor que Vincent Prince. No es que Vincent Price sea peor actor que Peter Cushing. No, no, no, ni muchísimo menos. Pero lo cierto es que Peter Cushing enriquece a sus personajes con un comportamiento y una presencia que son, además de totalmente ajenas a las maneras interpretativas y a los modos físicos de Vincent Price, digamos que más populares; son más tópicas, por decirlo de alguna manera; son más como lo que la mayoría de espectadores espera ver en el héroe de una película de terror. Pues aunque a Peter Cushing le falte la voz y la presencia física de las que rebosa Vincent Price, sus interpretaciones desbordan elasticidad y exceso físico; capacidades, por otra parte, de las que carece absolutamente Vincent Price, que es la quietud y el hieratismo. Y es esta vitalidad física lo que hace que sus personajes sean más terrenales y que, por lo tanto, gusten más. Y lo mismo podemos decir de los terrores a los que se enfrenta, pues al estar abordados por un héroe que no se deja llevar por el pensamiento sino por la acción son más creíbles. Y, claro, al ser más creíbles entonces gustan más. Porque en este mundo lo que más gusta es lo evidente y lo que puede ser real, más que lo que vive únicamente en lo fantástico. Lo que, en definitiva, puede tocarse directamente con la mano o, a lo sumo, está a la vuelta de la esquina para poder ser tocado.

Vincent Price es el resumen de lo que de íntimo hay en el horror; es el resumen del horror que surge del intelecto, del cerebro y de la teoría. Peter Cushing lo es, en cambio, de lo que de físico hay en el horror; es el resumen del horror que surge de la acción, del músculo y de la práctica. Y la práctica, ya sabéis, en este mundo gusta más que la teoría.


Figura 1 (iquierda): Peter Cushing en una imagen de la película de la productora Hammer, The curse of Frankenstein (1957).
Figura 2 (derecha): Vincent Price en una imagen de la película de la productora Liberty Pictures, The Bat (1959).

viernes, 15 de junio de 2007

Lovecraft y el cine

Mirad lo que os digo: casi todas las películas basadas en alguno de los cuentos de Lovecraft me parecen un bodrio indomable. Opino que con Lovecraft no pasa ni de lejos lo que sí que pasa con Poe. Pues con Lovecraft no hay ningún director que haya sentado canon como, en cambio, sí lo hizo Roger Corman con Poe.

Hay quien pensará que me estoy contradiciendo, porque existe una película de Roger Corman que se titula The Haunted Palace (1963) que está, presuntamente por el nombre de su protagonista (Charles Dexter Ward), basada en un cuento de Lovecraft titulado The Case of Charles Dexter Ward. Pero la verdad es que esta no es una película que yo considere una adaptación demasiado fiel de este cuento de Lovecraft. No, no, no, qué va. Ni por su ambientación, muy al estilo de las películas de Corman basadas en los cuentos de Poe. Ni por su argumento, pues la historia tiene que ver más bien de una manera un tanto oblicua con el cuento de Lovecraft. Además, el título de la película es el de un poema, titulado precisamente The Haunted Palace, que Poe pone en boca de Roderick Usher en el cuento The fall of the House of Usher. Es una película que mezcla, de una manera un tanto extraña, las imaginaciones góticas de Poe con las imaginaciones bizarras de Lovecraft.

Al principio ya he apuntado que cuando digo que las películas basadas en alguno de los cuentos de Lovecraft me parecen un bodrio indomable, me estoy refiriendo a casi todas pero no a todas. Pues bien cuando decía esto lo hacía pensando en una película en particular. Una película que, además de estar basada en un cuento de Lovecraft, me parece bastante meritoria. Me refiero a Re-animator (1985), dirigida por un tal Stuart Gordon y basada en un cuento de Lovecraft titulado: Herbert West - Reanimator. Opino que, además de ser una película digna de ser vista (meritoria, como decía), esta es la única película basada en algún cuento de Lovecraft que de verdad capta el ambiente que Lovecraft dio al cuento: locura, obsesión, enfermedad, pánico a la muerte, oscuridad del alma son algunos de los temas de los que habla el cuento; estos son, también, algunos de los temas de los que habla la película. Su protagonista principal, por supuesto el doctor Herbert West, está interpretado de manera insuperable por un tal Jeffrey Combs. Un actor, por otra parte, invisible para el cine tanto antes como después de protagonizar esta película mito.

Por cierto, y ya que hablamos de Re-animator, resulta que la acaban de reeditar en una edición de semilujo y con una plaga de extras. Opino que, después de que hayan pasado 22 años desde su estreno, es un buen momento para reverla. ¿No?


Figura 1: póster de la película The Haunted Palace (1963).
Figura 2: póster de la película Re-animator (1985).

jueves, 7 de junio de 2007

Abajo con las revisiones del pasado y viva el recuerdo

No hace mucho vi The Highlander (película que dirigió un tal Russell Mulcahy en 1986). En España se estrenó con el título de Los inmortales y he de reconocer que para mí fue una película mito. Recuerdo que cuando la vi siendo mucho más joven todo me gustaba en ella: el argumento, los personajes, la banda sonora, la ambientación de los escenarios, el sentido épico de la historia. Hasta las espadas que esgrimen los inmortales me gustaban (sobretodo la espada japonesa con la empuñadura de marfil que esgrime Juan Sánchez Villalobos Ramírez, el personaje interpretado por Sean Connery). Todo. Así que, pensando en lo mucho que me gustó entonces, quise verla de nuevo. Y cometí un error. Un error que, de hecho, no es la primera vez que cometo. Pues pensé, como muchas otras veces he pensado a la manera de los inocentes, que lo que me gustó cuando era mucho más joven había de gustarme también ahora. Pero, argh: error. Grande y craso error. Porque una de las cualidades de la memoria es que enriquece y prestigia el recuerdo de lo vivido en el pasado, y le otorga una calidad que, quizás, en realidad no tuvo. Y darse cuenta de esto al verlo aplicado en alguna circunstancia particular no es agradable.

La película no me gustó nada. El argumento: tontísimo. Los personajes: tontísimos y huecos (y, para más insidia, con un aspecto ochenteno totalmente insoportable: ¿cómo es posible que un inmortal sea capaz de vestir unas zapatillas deportivas blancas con gabardina?). La banda sonora: tontísima (escuchar a Queen en el siglo XXI es el horror). La ambientación: de cartón piedra (es de reirse mucho cuando el malísimo de la película destroza a golpe de espada una torre de piedra). El sentido épico de la historia: ridículo, por lo infantil y por lo trivial. Ay, la verdad es que no me gustó nada y que, además, me pareció mala, mala. Y, lo peor, no entendí por qué me pareció tan mito cuando la vi siendo joven. No recuerdo qué es lo que vi en su argumento, ni en sus personajes, ni en su banda sonora, ni en su ambientación, ni en el que yo creía que era su sentido épico, ni en nada. Quizás fuera la juventud. Esa juventud que, por inocente, nos hacía enemigos de lo tortuoso y de lo complejo. Y de lo que tiene doblez. Que es justo a lo que ahora somos asiduos y lo que, en definitiva, el tiempo ha regalado a nuestro espíritu.

Ah, pero lo cierto es que cuando la vi siendo joven la película me gustó mucho. Y es cierto lo mismo que al verla de nuevo he borrado la impresión que tenía de ella y me he quedado con la nueva. Lo que es un mal asunto, porque esta nueva imagen que tengo de la película es menos alegre. Y más amarga. Porque es una visión ceñuda y más bien sosa. Y, diría, demasiado intelectual. Y, aun más y lo peor: porque es una visión aburrida. Y el aburrimiento es la muerte. Qué horror, qué horror. Qué manera más boba de tirar un mito personal por los suelos.

Así que contra este horror y en favor de los mitos del pasado: abajo con las revisiones y viva el recuerdo. Viva la historia ficción.

sábado, 28 de abril de 2007

Writings and translations: Marie Antoinette

Marie Antoinette is the latest Sofie Coppola’s film. It explains the life of Marie Antoinette in the French Court from her meeting with Louis XVI, the French Dauphin and the future king of France, at the age of fourteen, to her expulsion from the Versailles Palace thirteen years later, in 1789, when the French Revolution began. Those were turbulent times in France. But actually the film isn’t interested in historical facts. Or, at least, facts and their explanations are not the main subject of the film. As in her previous film, Lost in translation, Sofie Coppola is more interested in the feelings of the main character (Marie Antoinette in this film and the character played by Scarlett Johansson in the previous one) than in the setting in which she lives.

They were hard times for someone that had to live in a place like the Royal French Court at Versailles. The Monarchy’s way of life was approaching its end, and the ostentation of the Court and the aristocracy were more and more obsolete; hunger and poverty consumed the people of France and, in general, the people all around Europe Food was too expensive and, the worst thing of all, there was no work. In this hard social context the Austrian Marie Antoinette, daughter of Maria Teresa, Queen of Austria, came to France to marry with Louis XVI, the heir to the French throne. This was a marriage of convenience, of course, and of a high political importance since by it the Court of France and the Court of Austria would come together and with greater power than before. In this marriage increasing power of the two Royal Crowns was more important than the feelings of the couple.

However, the feelings of the couple, as I have said before, are the subject of Sofie Coppola’s film. The film is focused on the relationship of the teenager Marie Antoinette to the French Court, a Court that with the pass age of time is more and more decadent and more and more washed-up. In the film she is an adolescent who suddenly finds herself in a strange world of pomp that is difficult to understand; in a crepuscular world to which she doesn’t belong, but in which she has to survive. Through this conflict, between the social impositions she experiences and her search for herself, she begins to build a personal world in which she lives out her childish fantasies, and where these fantasies are more important to her than reality. In the world she has constructed on this way, usually a sad world, but sometimes a funny one, the aristocracy also lives. But this is not the ancient aristocracy accustomed to the old traditions, but a new one - an aristocracy chosen by Marie Antoinette amongst the inhabitants of Versailles who are closest to her. They ignore all the usual formalities and those done things that until that moment had been unquestionable in the Court. In this way, she builds a Court, the last one before the French Revolution and the fall of the Monarchy, in her own image.

As in her previous film, and from the former one, Sofie makes use of a soundtrack of pop and rock songs from the eighties in order to create a certain atmosphere regardless of whether it’s appropriate to the setting of the film. In the soundtrack she looks for a mood rather to supply incidental music. And since these films are more about feelings than events, perhaps we find in these songs all that Sofie wants to say to us


miércoles, 25 de abril de 2007

Los que vuelven

Les revenants, de Robin Campillo, es una película de zombis.

Resulta que, sin venir a cuento, setenta millones de muertos se levantan de su tumba y regresan al lugar en el que habitaban cuando eran vivos. No comen carne de hombre, ni les salen gusanos por las cuencas de los ojos, ni llevan la ropa hecha jirones y llena de sangre. No. Comen normal, y sonríen, y visten ropa muy limpia y muy clara. Y quieren vivir donde vivían antes, como si nunca hubieran sido muertos.

Son zombis raros. Parecen vivos.

Pero están cinco grados por debajo de la temperatura de los vivos de verdad. Y actúan raro: hablan poco y miran a sus familiares con los ojos muy quietos, como si quisieran algo de ellos. O como si quisieran advertir de algo.

Dan miedo.

Hay momentos de la película que me parecieron muy a lo Werner Herzog. Por lo extraño. Por insertar lo raro en lo cotidiano. Y por la música. ¿Os acordáis de la música de Popol Vuh en el Nosferatu de Werner Herzog? Pues eso.

Os la recomiendo.